¿De dónde viene el nombre de las Islas Canarias? –Tras la pista de perros, focas y una tribu bereber

¿Conoces el de un rabino, un cura y un imán que entran en un guachinche a preguntar de dónde viene el nombre de las Islas Canarias y el dueño les cuenta a cada uno una historia distinta?

No, yo tampoco conozco ese chiste, me lo acabo de inventar –y seguro que sería agotador si me empeñara en alargarlo–, pero la historia bien podría haber ocurrido de verdad. Y es que, a ciencia cierta, no sabemos de dónde viene el nombre de las Islas Canarias. Teorías tenemos, desde luego, y para cada una hay más o menos fuentes, pero, si somos sinceros, al final cada uno acabará dando por buena la que más le guste.

¿Por cuál habrás votado cuando llegues al final del artículo?

La bandera oficial de Canarias, con el escudo en el centro

Primero, quitemos al pájaro de la mesa

El error más habitual va primero, porque es probable que tú también hayas pensado en él al ver el título. No, las islas no se llaman así por el canario, el pájaro. Fue al revés: ese pequeño pinzón amarillo se llama canario porque procede de las islas. Su antepasado silvestre (Serinus canaria) sigue viviendo allí y es bastante menos amarillo que los de jaula, más bien verdoso y grisáceo. Después el ave recorrió las cortes europeas y el nombre sonó tan bien que acabamos bautizando con él hasta un color.

Así que la pregunta no es qué pájaro dio nombre a las islas, sino de dónde salió el nombre de las islas mismas, un nombre que el ave heredó más tarde.

Los perros de Plinio

Entre los autores antiguos, el más citado es Plinio el Viejo, que en su Historia natural, hacia el año 77 d. C., dejó por escrito todo lo que se sabía de la expedición del rey Juba de Mauretania. Juba era aliado de los romanos, reinaba sobre lo que hoy es, más o menos, Marruecos y Argelia, y mandó barcos al Atlántico para que se dieran una vuelta por las islas del oeste. Según el informe, en una de ellas encontraron restos de edificios, palmerales con dátiles, un montón de aves y el hedor de enormes criaturas marinas varadas en la costa. Y algo más: una buena cantidad de perros de tamaño descomunal. Como perro en latín es canis, los visitantes posteriores llamaron a la isla Canaria, que viene a significar «la tierra de los perros». Cuenta la leyenda que se llevaron dos de aquellos perrazos al rey como regalo.

Al principio solo la actual Gran Canaria llevaba ese nombre; más tarde se extendió a todo el archipiélago. La explicación de los perros sigue siendo la más popular, y en el escudo de Canarias –véase la imagen destacada de arriba– todavía hay dos perros a los lados del blasón, lo que demuestra lo arraigada que está la idea.

Pero hay un inconveniente. No hay pruebas de que en la Antigüedad las islas estuvieran plagadas de perros, y también resulta extraño que, según las notas de Plinio, el lugar estuviera deshabitado, cuando sabemos que allí vivían pobladores indígenas. Eso no lo refuta, porque un relato así pasó por muchas manos antes de ponerse por escrito, pero algo de sospecha sí despierta.

¿Y si el perro era en realidad una foca?

Aquí entra el latín canis marinus, el «perro marino», que designaba a la foca. En concreto, la foca monje (Monachus monachus), que, a juzgar por los restos hallados, vivió en su día en grandes colonias en las costas canarias. Por desgracia ha desaparecido de las islas, aunque en Madeira quedan unas pocas. Si los hombres de Juba vieron focas en la orilla, pudieron llamarlas perros por error con bastante facilidad. ¿Y por qué? A quien haya visto alguna vez una foca de cabeza redonda y bigotuda asomando del agua y emitiendo un sonido parecido a un ladrido, la asociación ya no le parece tan descabellada, sobre todo si nunca antes había visto una foca o, si la había visto, no sabía que era eso lo que veía. Visto así, el testimonio de una multitud de perros enormes en la orilla suena de repente bastante menos absurdo.

Cuenta la leyenda que la isla de Lobos, frente a Fuerteventura, recibió su nombre de forma parecida, por los «lobos marinos», es decir, las focas monje.

Una tribu bereber

La tercera explicación vincula el nombre no con animales, sino con personas. Según algunos historiadores, en torno al Atlas vivía una tribu bereber llamada los canarii, y el nombre llegó a las islas o bien porque los romanos o los fenicios llevaron allí a algunos de sus miembros, o bien porque los propios habitantes de las islas estaban emparentados con ellos. Lo segundo no es ninguna ocurrencia: según las investigaciones, los pueblos indígenas de las islas (los guanches en Tenerife, los bimbaches en El Hierro, los majos en Fuerteventura y Lanzarote) tenían todos raíces norteafricanas, bereberes.

Además, las dos teorías no se excluyen entre sí. Puede que el nombre aludiera primero a animales, que luego se confundiera con el de la tribu y que al final de ambos saliera un único nombre.

Podrían haberse llamado Islas Afortunadas

Las islas tuvieron antes un nombre mucho más poético. La tradición griega y romana hablaba de las Islas Afortunadas (Insulae Fortunatae), una tierra lejana en el extremo occidental donde el clima es suave y todo crece en abundancia, y a los romanos les gustaba asociar esa imagen con las Canarias. Con qué precisión, es cuestión de debate, pero el ambiente cuadra. Quién sabe: si entonces los de marketing hubieran tenido la última palabra, hoy quizá estarías buscando alojamiento y actividades en las Islas Afortunadas y nuestra web, islariva.com, la encontrarías como ‘islasafortunadas’.

Entonces, ¿cuál es la verdad?

Ya me esperaba la pregunta. Dicho con cautela: no lo sabemos. El perro es la explicación más antigua y conocida, la foca es su versión más astuta y la tribu bereber es la que mejor encaja con la historia de las islas. Probablemente nunca se resolverá, porque todo descansa en un único pasaje de Plinio que cada cual lee un poco a su manera.

El nombre, mientras tanto, dio la vuelta al mundo. Los españoles lo conservaron, el pájaro tomó el suyo de él, el vino dulce de las islas, el vino de Canarias, gustaba en la Inglaterra de Shakespeare, y la palabra acabó siendo también el nombre de un color. Si nos quedamos con la teoría de los perros, todo esto se remonta a uno o dos perrazos.

El dueño del guachinche con el que nos topamos al principio, por cierto, lo sabe todo, y precisamente por eso le cuenta a cada uno algo distinto: la gente se lleva a casa lo que quería oír de todos modos, y encima le sirven una copa de vino.

Y si te apetece salir tras la pista de los perros marinos: focas no puedo prometerte, pero ballenas y delfines tienes bastantes posibilidades de ver en la excursión en catamarán para avistar ballenas y delfines desde Costa Adeje.

Y ahora te devuelvo la pregunta: ¿por cuál votarías? ¿El perro, la foca o la tribu bereber? ¡Cuéntanoslo en los comentarios!

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